Por qué un deporte sin árbitros

Árbitro saca pistola en pleno partido
Árbitro saca una pistola durante un partido de fútbol

Argumentos por un deporte sin árbitros, con valores y alejado de la mala competitividad

Cualquier cancha, dos equipos jugando, dos compañerxs y un movimiento no permitido en las normas. Falta. En un noventa por ciento de las ocasiones, el o la responsable de la falta es consciente de que la ha hecho. Un porcentaje alto de su equipo también (si hablamos de deportes colectivos). Sabemos hablar, sabemos trasmitir mensajes a otras personas y sabemos sacar conclusiones sobre una acción. Entonces, ¿realmente es necesaria, a la hora de señalar una falta, una figura externa que ejerza la labor de juzgar, genere una jerarquía centralizada e imparta “justicia”? ¿Es necesaria una figura externa que nos indique lo que hemos hecho bien o lo que hemos hecho mal? ¿Es tan difícil que la persona que cometa una falta de cualquier tipo, o cualquier compañerx de equipo, pare el juego, la reconozca y la señale? La respuesta a ambas preguntas es NO. No sólo es posible jugar con sistemas alternativos como el pita-defensa, si no que además es mucho más divertido y, sobre todo, enriquecedor. Ésto podría no ser general para todos los deportes, ya que algunos precisarán de un arbitraje externo por las peculiaridades del propio deporte, pero sí es aplicable a la gran mayoría.

Cuando juegas un partido arbitrado, son muchas las veces que, habiendo vivido la jugada en primera persona, no estás de acuerdo con la decisión del árbitro, porque sabes que es errónea. Con honestidad, piensas que tú podrías hacerlo mejor, y sin duda, casi siempre estás en lo cierto. Si reinan la humildad y la honradez en la cancha, lxs integrantes de un partido siempre serán las personas más indicadas para gestionar las faltas y cualquier otro incidente del mismo. Con una dosis de objetividad y comunicación, puedes arbitrarte tus propias faltas, tú y el resto, y mejorar la experiencia del juego.

Contra la figura del árbitro

La presencia de un arbitraje externo, como ente poseedor de la verdad sobre el terreno de juego, genera una serie de problemas que empobrecen el partido que se está jugando:

  • Empeora la deportividad. Las acciones pasan a ser buenas o malas en función de si las percibe y señala el árbitro como tales. Las jugadas no permitidas, o que no están bien vistas por estar fuera de lugar, entran en juego y son válidas en la cancha si no son detectadas y sancionadas.
  • Aleja a los equipos y aumenta la competitividad. La figura del árbitro incrementa la rivalidad entre lxs participantes. Cuando estás jugando para ganar, y un árbitro es el encargado de que suceda acorde con las normas establecidas, el dolor que se causa a un adversario pasa a un segundo plano entre las preocupaciones, viéndose adelantada por la atención hacia la decisión adoptada, o por intentar convencer al resto del mundo de que la acción ha sucedido de un modo diferente para confundir dicha decisión… y las posteriores. La figura del árbitro despersonaliza el partido; hace que nos olvidemos de que quienes están enfrente son personas igual que nosotrxs, que realizan la actividad con el objetivo final de divertirse. Olvidamos lo que puede afectarles una lesión en su vida diaria, por ejemplo. Cuando bajamos a una cancha a jugar con desconocidos y no hay arbitraje externo, el límite de agresividad que nos fijamos a nosotrxs mismxs es mucho más moderado. ¿O no?
  • Genera un mayor número de decisiones erróneas. Cuando una persona, desde fuera, es la encargada de analizar y tomar decisiones sobre lo que sucede en la cancha, de señalar cuándo se han rebasado los límites o de juzgar la actitud de jugadores y jugadoras, es frecuente que cometa equivocaciones. Es muy sencillo que no vea un golpe que lxs implicadxs saben que ha existido, como también es posible que, desde su posición, no vea en las mejores condiciones si un balón sobrepasa los límites del campo. Además, tendrá que interpretar también las actitudes de lxs jugadorxs y ejecutar las sanciones, expulsiones, debates… lo que fácilmente puede derivar en una percepción subjetiva de todo lo que acontece, condicionada por las simpatías que le despierte cada participante, el mal día que esté pasando o la apariencia.
  • En ocasiones, positivizamos el engaño al reglamento. Si un jugador o una jugadora engañan al árbitro con frecuencia, como vamos a menudo en el mundo del fútbol, llegamos a considerarlo como una virtud: es inteligente, porque logra sacar ventaja allí donde no debería haberla. Es una falta de deportividad y un ataque al deporte como juego auténtico.

En cambio, estos problemas desaparecen si omitimos esa figura externa que centraliza todo el poder sobre un partido.

  • Cuando juegas un partido sin árbitros, tú y tu equipo sois lxs únicxs responsables de que una falta se indique cuando se comete. Existen casos excepcionales donde uno de los equipos muestra su descontento por la gestión del reglamento que se está haciendo, pero la comunicación en estos casos suele ser el camino más eficaz para resolverlo. Todo ésto, te hace más partícipe de las jugadas, además de jugar, tienes una responsabilidad, sin la posibilidad de descargarla sobre la figura arbitral. Te esmerarás más por pitar bien tus faltas y mostrarte como una persona legal cuando está en tu mano la imagen que el resto se va a llevar de ti. Al final del partido, la actuación arbitral no será un tema central, y se valorará tu actitud, tu deportividad o tu carencia de ella, y todas las cosas positivas y negativas que hayas aportado al juego.
  • Simplemente al llegar a un partido y tener que gestionar con el otro equipo el comienzo del mismo, la gestión del marcador (si lo hay) y aspectos similares, tomamos consciencia de que somos compañerxs en una actividad, no rivales, y de cierta forma, se encauza la competitividad, situándola más cerca de la deportividad. Al interactuar socialmente, empatizamos con el resto de personas con las que compartimos el espacio, crece la sensación de cercanía, y empieza a construirse una dinámica mucho más positiva a la hora de desarrollar el juego.
  • Si todxs somos humildes, jugaremos un partido totalmente limpio, deportivo y, sobre todo, con mejor ambiente. Entre todxs se puede contribuir a que prácticamente la totalidad de las decisiones sean correctas. O al menos honestas. Además, se evita la tensión que genera un fallo del árbitro en una decisión, o ese revanchismo cuando alguien del otro equipo aprovecha un error arbitral para exprimir al máximo la ventaja que va a producirle la decisión. Sin duda, sin una figura arbitral, los posibles focos de conflicto son muchos menos que con su mera presencia, independientemente de la labor que luego se realice.
  • Evitamos que la persona que realiza el arbitraje adquiera, o tenga previamente, interés en que gane un equipo concreto y sus decisiones estén continuamente influenciadas por ello. Se anula otro factor que puede dañar al juego.

Desterrar estas figuras de las canchas, en todos los deportes en que sea posible, sería beneficioso para todxs aquellxs que las habitamos. Mejora el juego, mejora el ambiente y mejora las relaciones, pues nos enseña a aplicar la honestidad, la humildad, el respeto a lxs compañerxs, al juego… No necesitamos este tipo de herramientas de control. El deporte es nuestro, de quienes lo disfrutamos, y si queremos liberarlo del secuestro mercantilista, también debemos hacerlo de estas figuras, construyendo y gestionándolo a nuestra manera, sin entidades externas o instituciones. Desde abajo.

Si no lo ves posible, pruébalo, evalúa tú mismx las diferencias, los pros y los contras. Ya es hora de que practicando deporte aprendamos algo más que malos valores y malos conceptos de la competitividad y el éxito. Di no a los árbitros. Es sólo un pequeño paso para lxs jugadorxs… pero un gran paso para el DEPORTE POPULAR.

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